¿Y si el dolor no fuera el problema?

El dolor no siempre es sinónimo de lesión. En este artículo descubrirás cómo el cerebro interpreta el dolor, qué factores lo influyen y por qué entenderlo es clave para recuperar el movimiento y la calidad de vida.

Laura Buil Godia

5/5/20262 min leer

El dolor es una experiencia universal, pero a menudo malinterpretada.    Tradicionalmente, se ha entendido como una señal directa de daño físico: si algo duele, es porque hay una lesión. Sin embargo, gracias a los avances en la neurociencia del dolor, sabemos que esta visión es demasiado simplista.

El dolor no se produce directamente en el tejido lesionado, sino en el cerebro. Es el resultado de un proceso complejo en el que el sistema nervioso interpreta información de múltiples fuentes: señales del cuerpo, experiencias previas, emociones, creencias e incluso el contexto social.

Por ejemplo, dos personas con una misma lesión pueden experimentar niveles de dolor muy diferentes. Y, en otros casos, una persona puede tener dolor intenso sin que exista una lesión clara o activa.

El dolor es, en esencia, una respuesta de protección.

Según la duración del síntoma, el dolor suele clasificarse en agudo o persistente. El dolor agudo es aquel que aparece tras una lesión o daño real, como una caída. Tiene una función protectora clara: nos avisa de que algo no va bien y nos ayuda a evitar movimientos que podrían empeorar la lesión. Este tipo de dolor suele desaparecer a medida que el tejido se recupera.

Cuando hablamos de dolor persistente, nos referimos a aquel que perdura más allá del tiempo esperado de curación (habitualmente más de 3 meses). En estos casos, el problema no es tanto el tejido, sino el sistema nervioso. Este puede volverse más sensible, como si el “volumen del dolor” estuviera demasiado alto. Es lo que se conoce como sensibilización, donde estímulos que antes no dolían (como moverse o estar sentado) pueden empezar a ser percibidos como dolorosos. Esto no significa que el dolor sea imaginario. Es real, pero su origen es diferente. Como en el cuadro de Munch, el sufrimiento es real aunque no veamos la herida.

Hay muchos factores que pueden amplificar o reducir el dolor:

  • Emociones: el estrés, la ansiedad o la tristeza pueden aumentar la percepción del dolor

  • Creencias: pensar que tienes una lesión grave puede hacer que el dolor sea más intenso

  • Experiencias previas: episodios de dolor anteriores pueden condicionar la respuesta actual

  • Contexto social: el apoyo, el entorno laboral o familiar también influyen

Esto nos lleva a un modelo más completo de entender la salud: el modelo biopsicosocial.

Uno de los factores que más contribuyen a la persistencia del dolor es el miedo. Cuando una persona asocia movimiento con dolor, tiende a evitarlo. A corto plazo puede parecer útil, pero a largo plazo provoca:

  • Pérdida de fuerza

  • Rigidez

  • Disminución de la capacidad funcional

  • Mayor sensibilidad al dolor

Se crea así un círculo vicioso: menos movimiento → más dolor → aún menos movimiento.

Romper este círculo es clave en el proceso de recuperación. La fisioterapia actual va mucho más allá de tratar el síntoma. Tiene como objetivo entender a la persona en su conjunto y ayudarla a recuperar el control de su cuerpo.

  • Educación en dolor: entender qué está pasando reduce el miedo y mejora la capacidad de afrontamiento

  • Ejercicio terapéutico: el movimiento es una de las herramientas más potentes para modular el dolor. Se trabaja de forma progresiva y adaptada a cada persona

  • Exposición gradual: reintroducir movimientos o actividades que generan miedo, de forma controlada, ayuda a “reentrenar” el sistema nervioso

  • Enfoque individualizado: cada persona es diferente, y el tratamiento también debe serlo

No se trata solo de preguntar:     

 “¿Qué tienes?”                                               

Sino también: 

“¿Qué necesitas para volver a hacer tu vida?”

Butler, D. S., & Moseley, G. L. (2013). Explain pain (2nd ed.). Noigroup Publications.

Edvard Munch - The Scream